Recorrió la casa de un extremo al otro, sintiendo el frío que soltaban las paredes, ya que estaban solas. En todo ese enorme lugar solo estaba él y unos cuantos cuadros inertes, flotando a la altura de los ojos, sin nada que decir. Las ventanas estaban cerradas, el aire, viciado.
Se dirigió al baño. Cerró la puerta y apagó la luz. Cepilló sus dientes en la oscuridad con mucha concentración. Tanta era está que no escuchaba el ruido de vidrios quebrándose, aquel ruido que se esparcía por todos los rincones de la casa asustando a los gatos que caminaban por los techos y a las palomas acomodadas en los espacios entre las vigas de madera humedecida.
En el momento en que él abandonó el baño, luego de sacar todas las cerdas del cepillo, el alboroto había alcanzado dimensiones inesperadas. Las palomas aleteaban de un lado a otro, creyendo que los gatos las habían descubierto. Pero los gatos solo saltaban de techo en techo escapando de los ladridos de los perros del vecindario. Sin embargo, los perros solo ladraban porque había mucho revuelo en esa casa y su instinto les dijo que eso era lo debían hacer.
Al momento siguiente estaba comiendo chocolate. Ya había percibido el dolor de piernas por lo que no sentía el sabor amargo de la barra que se deshacía entre sus molares. La fecha de caducidad estaba impresa con letras de un color mimético. Se dejaron de escuchar las palomas y los gatos. Los vidrios rotos cesaron su resonancia. Él levanto la mirada, directo hacía el techo que se alejaba tres metros de sus ojos. Caían moscas.
En mi casa llueven moscas, pero no moscas cualquiera, moscas de colores brillantes, como esas tropicales que contagian enfermedades. Pero las de mi casa no son así, no crea. Estas están muertas, secas, así que no pueden transmitir nada, es como si las hubieran metido al horno a fuego lento, para que queden crujientes, así como los chip de berenjena que se consiguen en algunos restaurantes gourmet.
Cada día debo buscar por la casa el lugar en el que les tocó caer hoy, es que van cambiando. ¡ Imagínese si no fuera así! Tendríamos un ala del edificio inundada de moscas quebradizas, sería un problema enorme. Los de sanidad nos obligarían a desalojar la casa y comenzarían una investigación sin propósito, buscando el porque de esta lluvia tan singular.
Pero es que esta lluvia no tiene motivos, eso es lo que no entienden. El que hayan comenzado a caer moscas es un suceso completamente aleatorio, así como también lo es el que dejen de caer. Simplemente sucederá en algún momento, o puede que nunca suceda, solo hay que esperar, nada se puede hacer al respecto.
Durante un día promedio tenemos aproximadamente un centímetro y medio de moscas coloridas cubriendo el suelo de la habitación correspondiente, por lo que el problema principal es el como eliminarlas. No podemos dejarlas en la basura, Hay que tener en cuenta que una bolsa llena de moscas al día terminará por aterrorizar al barrio. Tampoco podemos enterrarlas, no contamos con espacio suficiente para que el ciclo de putrefacción termine y poder enterrar otra tanda, así que también descartamos eso. Así que desde el primer día las empezamos a quemar en la parte del patio que está después de la cerca. Es un espacio grande, lleno de pasto seco y sin árboles, por lo que el humo gris sube sin obstáculos. En el caso favorecedor de que no corra viento, no hay problemas. En el caso no tan favorecedor de que corra viento norte, tampoco hay grandes problemas, en esa dirección no hay casas a las cuales molestar. En el caso de que el viento sea sur, tenemos problemas. Esos días debemos suspender la quema...
Las cerdas del cepillo dental se encontraban agrupadas en el borde del lavamanos y él estaba en el suelo con una mueca de felicidad en la cara, mirando la puerta entreabierta por la que entraba un resquicio de luz entrecortada por pequeños cuerpos cayendo.

