¿Para qué? Fue solo por conveniencia propia, un capricho humano. Tongariyaki no seisui. ¿Cómo es posible que no se les erizaran los pelos de la nuca? ¿No sentían los escalofríos? Con imaginarlo era suficiente.
Aquellos cuervos no tenían ojos, en vez de eso tenían bolas de grasa. De blanca grasa. Las profundas cuencas llenas de grasa. Aquellos cuervos eran de mayor tamaño que los que pululan por la ciudad royendo la basura doméstica. Aquellos cuervos estaban encerrados en una habitación de cinco metros de altura. Estaban solos, esperando su alimento. Tongariyaki no seisui. El condicionamiento los obligó a decirlo, a gritarlo, a graznarlo: Tongariyaki no seisui. Generaciones, una tras otra.
A pesar del tiempo, de los años, seguían igual.
Por 1996, él entró a la habitación. Ingresó de manera metafórica, onírica. El tiempo se estancó. Luego se le vio salir corriendo, asqueado. Renunció.
Es comprensible. ¿Quién querría permanecer en esa habitación? Esa habitación en la que moraban los cuervos gigantes, de un metro de largo. Los cuervos con grasa en lugar de ojos. Esos cuervos que revientan de tantos tongariyaki no seisui.
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